Fernando Mires: Crisis de Poder en Venezuela

El madurismo, si es que se puede llamar así al momento de Maduro, no es más que el declive del chavismo, o como he intentado formular en otros artículos, “la última fase del chavismo”.

No se trata de reemplazar el fallido slogan de “La Salida” por el de “La Caída”. Pero lo cierto es que el gobierno de Venezuela sigue, aunque de modo acelerado, evidenciado ya desde el dudoso triunfo presidencial de Maduro, un notorio proceso de descomposición interna. El madurismo, si es que se puede llamar así al momento de Maduro, no es más que el declive del chavismo, o como he intentado formular en otros artículos, “la última fase del chavismo”. Creo que bajo esa rúbrica pasará a figurar en los libros de historia.


En ese orden, la famosa carta del ex ministro y albacea ideológico de Chávez, Jorge Giordani, en contra de Maduro y el grupo que lo apoya, es solo la punta de un “iceberg” cuyas profundidades son por el momento imposibles de medir.

La crisis del chavismo –y la lucha encarnizada de fracciones que ha desatado, por primera vez de modo público– es también la crisis del populismo chavista.
El problema de Maduro no es que él sea populista sino que, aunque él así lo quiera, no puede serlo. Recordemos que bajo la égida de Chávez diferentes grupos ideológicos fueron articulados alrededor de su carisma cumpliéndose la quintaesencia de todo populismo, la de que no hay populismo sin líder populista.
Pero Maduro es cualquiera cosa menos un líder. Peor aún, en todo el contexto del chavismo no hay ningún personaje en condiciones de restituir un liderazgo medianamente unitario.
No olvidemos que el principal oponente interno de Maduro es (o era) Diosdado Cabello, pero Cabello es el político más detestado de su país, incluyendo en esa evaluación a no pocos chavistas.

En cierta medida se cumplen en Venezuela los síntomas que detectara Nicos Poulantzas cuando en los años setenta escribió su entonces muy divulgado libro titulado “La Crisis de las Dictaduras” (Siglo XXl, Madrid 1974), cuyo objetivo fue analizar el descenso de las dictaduras de España, Portugal y Grecia.

Aplicando la terminología de Poulantzas, en el caso venezolano se observan al igual que en los tiempos del franquismo, del salazarismo y de los coroneles griegos, grietas muy profundas en el “bloque en el poder”, grietas que para Poulantzas eran los signos del comienzo del final. Por otra parte, esas grietas surgen como resultado de una intensa lucha por la hegemonía ideológica al interior del bloque de dominación. Eso no significa por supuesto que Maduro va a caer mañana.
Pues si miramos bien, en Venezuela hay por lo menos tres condiciones que no ajustan con el análisis de Poulantzas
La primera, es que el sistema de poder chavista es, además de militar, electoral, vale decir, el régimen se ha dotado de una válvula de escape destinada a disminuir las tensiones en su propia esfera.

La segunda, es que dentro del bloque de poder chavista (o post-chavista) no hay por el momento nada parecido a un Adolfo Suárez u otros similares, vale decir, alguien en condiciones de hacer el enlace entre una parte del bloque de poder y sectores de la oposición democrática. Ese rol pudo haberlo jugado Maduro cuando llegó el momento del llamado “diálogo”. Pero el mismo se encargó de dinamitar esa salida, optando por entregar aún más poder a los militares y aumentando la represión a niveles a los cuales nunca llegó Chávez. Hoy la Junta Cívica Militar (Maduro) es una Junta Militar Cívica.

La tercera condición es que no solo el gobierno de Maduro está en crisis. La oposición también lo está. Pero en este punto es importante anotar una diferencia.
Mientras la de la oposición es una crisis surgida de la lucha por el liderazgo entre líderes o quienes creen serlo, la del gobierno es una crisis programática. A la inversa, en cuanto al programa, hay en el conjunto de la oposición consenso en torno a las tareas que deberá enfrentar un futuro gobierno, entre otras, restauración de las libertades cívicas, democratización del Estado, desmilitarización de la política y, en lo económico, creación de una base para el desarrollo de una economía social de mercado.
La crisis del poder al interior del bloque dominante chavista se da, por el contrario, entre los partidarios de un capitalismo de Estado con ciertos matices populistas y los seguidores de, según Maduro, “un socialismo trasnochado”. En ese sentido no deja de ser interesante señalar que Cuba exportó hacia Venezuela no solo un modelo de dominación, sino también su propia crisis política interna. La de Venezuela, en efecto, parece ser solo un reflejo de la que hoy es imposible disimular en Cuba: una crisis que estallará con fuerza en la era “post-Castro” (la que ya está comenzando) entre las corrientes “estado-capitalistas” y las comunistas ortodoxas.

En cualquier caso, la lucha al interior de la oligarquía chavista parece no estar dada por el momento entre Maduro y Cabello. Maduro ha optado por una salida militarista (es decir, por Cabello) Y a diferencias de lo que ocurría en el pasado reciente, cuando se pensaba que los militares se moverían hacia donde fuera Cabello, hoy parece ocurrir al revés. Cabello, aunque sea solo para sobrevivir, se mueve hacia dónde van los militares.
Frente a la emergencia de un gobierno militarista con peligrosas inclinaciones gangsteriles, las luchas por el liderazgo al interior de la oposición, disfrazadas por una absurda discusión a favor en contra de una Asamblea Constituyente (un evento que nadie tiene fuerzas para imponer), son, por decir lo menos, irresponsables. En un punto al menos tiene razón Capriles: “La Salida” cuando fue inoportunamente planteada, dividió a la oposición. Y ahora –se agrega aquí– cuando quizás está llegando el momento de plantearla, aunque sea electoralmente, no parece posible pues la oposición está dividida. Mejor dicho: fue dividida.
La verdad, yo pensaba escribir sobre fútbol. Pero Venezuela no me deja en paz.


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