Que no nos arrastre


La atmósfera de violencia que se vive, con sus cada vez más frecuentes excesos de agresión física, tiene que ser detenida antes de que las cosas pasen a peores. Ya se han producido cerca de dos decenas de fallecidos en el curso de las diferentes confrontaciones habidas, amén de un considerable número de heridos, detenidos y torturados.


No deberíamos permitir que esa lista siniestra continúe creciendo. Pero para ello es indispensable que el gobierno asuma su responsabilidad y comprenda que su acción carga con una parte determinante del clima violento que se respira.

Si no toda, gran parte de la gente que ha muerto o ha sido herida es víctima, o bien de los cuerpos de seguridad institucionales o bien de esos órganos informales conocidos como "colectivos", integrados por activistas armados, aupados y protegidos por las más altas autoridades, que fuera de todo control responsable, y menos de autocontrol, disparan a mansalva, sin contemplaciones de ninguna naturaleza.
Esto es gravísimo de toda gravedad porque pone a la vista que tales acciones letales no han sido producto de la casualidad o de enfrentamientos armados sino de operaciones unilaterales de los cuerpo de seguridad, concientes y deliberadas, cuyo objetivo es sembrar el terror.  Se trata de terrorismo de Estado, mondo y lirondo.
De allí que para poner fin a esta situación la responsabilidad del gobierno es fundamental. Para ello debe tomar decisiones concretas, que vayan más allá del despliegue retórico y vacío que se ha exhibido durante todos estos trágicos días, en especial a través del verbo delirante y agobiante de Maduro.

La decisión está en sus manos. Puede comenzar por demostrar su voluntad de parar la violencia procediendo al desarme de los llamados "colectivos".
Otra decisión que abonaría en el mismo sentido es ordenar la libertad de todos los estudiantes que han sido apresados durante los presentes acontecimientos, así como la de Leopoldo López, cuya detención es inexplicable, y la de los demás presos políticos de vieja data, entre ellos, el ya emblemático Iván Simonovis.
Medidas concretas de esta naturaleza crearían el clima apropiado para un verdadero diálogo, que tiene que ser consensuado, reconociendo y respetando las organizaciones representativas de la oposición.

El gobierno no puede fabricar sus interlocutores de espaldas al país, sino que debe comenzar por acatar la representatividad de los organismos surgidos de la propia oposición, y de los cuales los más significativos son la Mesa de Unidad Democrática y el liderazgo de Henrique Capriles.
Todo lo aquí planteado tiene el objetivo inmediato de parar la violencia para abrir espacio a la discusión nacional, sincera, de fondo, sobre las causas y razones que han originado este clima de protestas y represión.
Estas razones, desde luego, son aquellas que atañen a la crisis económica e institucional que afecta a todos los venezolanos y que exigen un examen y discusión compartidos. La solución a esos problemas, por supuesto, ni es simple ni es instantánea, pero debe comenzar ya, antes de que sus efectos devastadores alcancen niveles inmanejables.


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